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De la vigilia estril
de Rosario Castellanos


    Editora del fonograma:
    Entre voces. FCE

en la voz de Carmen Faras    


De la vigilia estril



I

No voy a repetir las antiguas palabras
de la desolacin y la amargura
ni a derretir mi pecho en el pomo del llanto.
El pudor es la cima ms alta de la angustia
y el silencio la estrella ms flgida en la noche.
Dir una vez, sin lgrimas, como si fuera ajeno
el tema exasperado de mi sangre.
Todos os muertos viajan en sus ondas.
giles y gozosos giran, bailan,
suben hasta mis ojos para violar el mundo,
se embriagan de mi boca, respiran por mi poros,
juegan en mi cerebro.
Todos los muertos me alzan, alzndose, hacia el cielo.
Hormiguean en mis plantas vagabundas.
Solicitan la ddiva frutal del medioda.
Todos los muertos yacen en mi vientre.
Montones de cadveres ahogan el indefenso
embrin que mis entraas niegan y desamparan.
No quiero dar la vida.
No quiero que los labios nutridos de mi seno
inventen maldiciones y blasfemias.
No quiero a Dios quebrado entre las manos
inocentes y crdenas de un nio.
No quiero sus espaldas doblegadas
bajo el ltigo mltiple y fuerte de los das
ni sus sienes sudando la sangre del martirio.
No quiero su gemido como un remordimiento.
Seguid muertos girando dichosos y tranquilos.
La espiga est segada, el crculo cerrado.
Slo vuestros espectros recorrern mis venas.
Slo vuestros espectros y este lamento sordo
de mi cuerpo, que pide eternidad.


II

A ratos, fugitiva del sollozo
que paulatinamente me estrangula,
vuelvo hacia las praderas frtiles y lo invoco
con las voces ms tiernas y el nombre ms secreto.
Hijo mo, tangible en el delirio,
encarnado en el sueo!
Y es como si de pronto la tierra se entregara
hacindose pequea, pueril como un juguete
para caber, ceida, entre los brazos.
Es como renacer en otros mbitos
limpios, transfigurados y perfectos.


III

Pero mirad mis brazos crispados y vacos
como redes tiradas intilmente al mar.
Nada debo implorar para m en los caminos
porque mi lengua acaba exactamente all,
en las fronteras simples de s misma
y su grito se apaga entre los lmites
de mi propio silencio.
Mirad mi rostro blanco de exages rebeldas,
mis labios que no saben de los himnos del parto,
mis rodillas hincadas sobre el polvo.
Mirad y despreciadme. Descargad vuestras manos
de las piedras que colman su hueco justiciero.
Herid. No alcanzaris la frente inerme
(velln inmaterial y delicado?
a quien mi soledad sirve de escudo.


IV

Antes, para exaltarme, bastaba decir madre.
Antes dije esperanza. Ahora digo pecado.
Antes haba un golfo donde el ro se liberta.
Ahora slo hay un muro que detiene las aguas.



De: De la vigilia estril



ROSARIO CASTELLANOS


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