sitemap
Palabra Virtual
sguenos en twitter

Si utilizas un telfono mvil o celular o bien una tablet asegrate que el browser sea compatible con flash para poder escuchar los poemas.

Comparte el poema con tus amigos

Copia y pega este enlace en un mensaje instantneo o de correo electrnico

Comparte el poema en tu blog o pgina personal

Copia y pega este enlace en tu blog o pgina personal





La tierra de Alvargonzlez
de Antonio Machado


    Editora del fonograma:
    Fidias, S.A.

en la voz de Manuel Dicenta    


La tierra de Alvargonzlez



Al poeta Juan Ramn Jimnez


I

Siendo mozo Alvargonzlez,
dueo de mediana hacienda,
que en otras tierras se dice
bienestar y aqu, opulencia,
en la feria de Berlanga
prendse de una doncella,
y la tom por mujer
al ao de conocerla.

Muy ricas las bodas fueron
y quien las vio las recuerda;
sonadas las tornabodas
que hizo Alvar en su aldea;
hubo gaitas, tamboriles,
flauta, bandurria y vihuela,
fuegos a la valenciana
y danza a la aragonesa.


II

Feliz vivi Alvargonzlez
en el amor de su tierra.
Nacironle tres varones,
que en el campo son riqueza,
y, ya crecidos, los puso,
uno a cultivar la huerta,
otro a cuidar los merinos,
y dio el menor a la Iglesia.


III

Mucha sangre de Can
tiene la gente labriega,
y en el hogar campesino
arm la envidia pelea.

Casronse los mayores;
tuvo Alvargonzlez nueras,
que le trajeron cizaa,
antes que nietos le dieran.

La codicia de los campos
ve tras la muerte la herencia;
no goza de lo que tiene
por ansia de lo que espera.

El menor, que a los latines
prefera las doncellas
hermosas y no gustaba
de vestir por la cabeza,
colg la sotana un da
y parti a lejanas tierras.

La madre llor, y el padre
diole bendicin y herencia.


IV

Alvargonzlez ya tiene
la adusta frente arrugada,
por la barba le platea
la sombra azul de la cara.

Una maana de otoo
sali solo de su casa;
no llevaba sus lebreles,
agudos canes de caza;

iba triste y pensativo
por la alameda dorada;
anduvo largo camino
y lleg a una fuente clara.

Echse en la tierra; puso
sobre una piedra la manta,
y a la vera de la fuente
durmi al arrullo del agua.


EL SUEO

I

Y Alvargonzlez vea,
como Jacob, una escala
que iba de la tierra al cielo,
y oy una voz que le hablaba.

Mas las hadas hilanderas,
entre las vedijas blancas
y vellones de oro, han puesto
un mechn de negra lana.


II

Tres nios estn jugando
a la puerta de su casa;
entre los mayores brinca
un cuervo de negras alas.
La mujer vigila, cose
y, a ratos, sonre y canta.
Hijos, qu hacis? les pregunta.

Ellos se miran y callan.
Subid al monte, hijos mos,
y antes que la noche caiga,
con un brazado de estepas
hacedme una buena llama.


III

Sobre el lar de Alvargonzlez
est la lea apilada;
el mayor quiere encenderla,
pero no brota la llama.
Padre, la hoguera no prende,
est la estepa mojada.

Su hermano viene a ayudarle
y arroja astillas y ramas
sobre los troncos de roble;
pero el rescoldo se apaga.
Acude el menor, y enciende,
bajo la negra campana
de la cocina, una hoguera
que alumbra toda la casa.


IV

Alvargonzlez levanta
en brazos al ms pequeo
y en sus rodillas lo sienta;
Tus manos hacen el fuego;
aunque el ltimo naciste
t eres en mi amor primero.

Los dos mayores se alejan
por los rincones del sueo.
Entre los dos fugitivos
reluce un hacha de hierro.


AQUELLA TARDE...

I

Sobre los campos desnudos,
la luna llena manchada
de un arrebol purpurino,
enorme globo, asomaba.

Los hijos de Alvargonzlez
silenciosos caminaban,
y han visto al padre dormido
junto de la fuente clara.


II

Tiene el padre entre las cejas
un ceo que le aborrasca
el rostro, un tachn sombro
como la huella de un hacha.

Soando est con sus hijos,
que sus hijos lo apualan;
y cuando despierta mira
que es cierto lo que soaba.


III

A la vera de la fuente
qued Alvargonzlez muerto.

Tiene cuatro pualadas
entre el costado y el pecho,
por donde la sangre brota,
ms un hachazo en el cuello.

Cuenta la hazaa del campo
el agua clara corriendo,
mientras los dos asesinos
huyen hacia los hayedos.

Hasta la Laguna Negra,
bajo las fuentes del Duero,
llevan el muerto, dejando
detrs un rastro sangriento,
y en la laguna sin fondo,
que guarda bien los secretos,
con una piedra amarrada
a los pies, tumba le dieron.


IV

Se encontr junto a la fuente
la manta de Alvargonzlez,
y, camino del hayedo,
se vio un reguero de sangre.

Nadie de la aldea ha osado
a la laguna acercarse,
y el sondarla intil fuera,
que es la laguna insondable.

Un buhonero, que cruzaba
aquellas tierras errante,
fue en Dauria acusado, preso
y muerto en garrote infame.


V

Pasados algunos meses,
la madre muri de pena.

Los que muerta la encontraron
dicen que las manos yertas
sobre su rostro tena,
oculto el rostro con ellas.


VI

Los hijos de Alvargonzlez
ya tienen majada y huerta,
campos de trigo y centeno
y prados de fina hierba;
en el olmo viejo, hendido
por el rayo, la colmena,
dos yuntas para el arado,
un mastn y mil ovejas.


OTROS DAS

I

Ya estn las zarzas floridas
y los ciruelos blanquean;
ya las abejas doradas
liban para sus colmenas,
y en los nidos, que coronan
las torres de las iglesias,
asoman los garabatos
ganchudos de las cigeas.

Ya los olmos del camino
y chopos de las riberas
de los arroyos, que buscan
al padre Duero, verdean.

El cielo est azul, los montes
sin nieve son de violeta.

La tierra de Alvargonzlez
se colmar de riqueza;
muerto est quien la ha labrado,
mas no le cubre la tierra.


II

La hermosa tierra de Espaa
adusta, fina y guerrera
Castilla, de largos ros,
tiene un puado de sierras
entre Soria y Burgos como
reductos de fortaleza,
como yelmos crestonados,
y Urbin es una cimera.


III

Los hijos de Alvargonzlez,
por una empinada senda,
para tomar el camino
de Salduero a Covaleda,
cabalgan en pardas mulas,
bajo el pinar de Vinuesa.

Van en busca de ganado
con que volver a su aldea,
y por tierra de pinares
larga jornada comienzan.

Van Duero arriba, dejando
atrs los arcos de piedra
del puente y el casero
de la ociosa y opulenta
villa de indianos. El ro.
al fondo del valle, suena,
y de las cabalgaduras
los cascos baten las piedras.

A la otra orilla del Duero
canta una voz lastimera:

"La tierra de Alvargonzlez
se colmar de riqueza,
y el que la tierra ha labrado
no duerme bajo la tierra."


IV

Llegados son a un paraje
en donde el pinar se espesa,
y el mayor, que abre la marcha,
su parda mula espolea,
diciendo: Dmonos prisa;
porque son ms de dos leguas
de pinar y hay que apurarlas
antes que la noche venga.

Dos hijos del campo, hechos
a quebradas y asperezas,
porque recuerdan un da
la tarde en el monte tiemblan.

All en lo espeso del bosque
otra vez la copla suena:

"La tierra de Alvargonzlez
se colmar de riqueza,
y el que la tierra ha labrado
no duerme bajo la tierra."


V

Desde Salduero el camino
va al hilo de la ribera;
a ambas mrgenes del ro
el pinar crece y se eleva,
y las rocas se aborrascan,
al par que el valle se estrecha.

Los fuertes pinos del bosque
con sus copas gigantescas
y sus desnudas races
amarradas a las piedras;
los de troncos plateados
cuyas frondas azulean,
pinos jvenes; los viejos,
cubiertos de blanca lepra,
musgos y lquenes canos
que el grueso tronco rodean,
colman el valle y se pierden
rebasando ambas laderas

Juan, el mayor, dice: Hermano,
si Blas Antonio apacienta
cerca de Urbin su vacada,
largo camino nos queda.

Cuando hacia Urbin alarguemos
se puede acortar de vuelta,
tomando por el atajo,
hacia la Laguna Negra
y bajando por el puerto
de Santa Ins a Vinuesa.

Mala tierra y peor camino.
Te juro que no quisiera
verlos otra vez. Cerremos
los tratos en Covaleda;
hagamos noche y, al alba,
volvmonos a la aldea
por este valle, que, a veces,
quien piensa atajar rodea.

Cerca del ro cabalgan
los hermanos, y contemplan
cmo el bosque centenario,
al par que avanzan, aumenta,
y la roqueda del monte
el horizonte les cierra.

El agua, que va saltando,
parece que canta o cuenta:

"La tierra de Alvargonzlez
se colmar de riqueza,
y el que la tierra ha labrado
no duerme bajo la tierra."


CASTIGO

I

Aunque la codicia tiene
redil que encierre la oveja,
trojes que guarden el trigo,
bolsas para la moneda,
y garras, no tiene manos
que sepan labrar la tierra.

As, a un ao de abundancia
sigui un ao de pobreza.


II

En los sembrados crecieron
las amapolas sangrientas;
pudri el tizn las espigas
de trigales y de avenas;
hielos tardos mataron
en flor la fruta en la huerta,
y una mala hechicera
hizo enfermar las ovejas.

A los dos Alvargonzlez
maldijo Dios en sus tierras,
y al ao pobre siguieron
largos aos de miseria.


III

Es una noche de invierno.
Cae la nieve en remolinos.
Los Alvargonzlez velan
un fuego casi extinguido.

El pensamiento amarrado
tienen a un recuerdo mismo,
y en las ascuas mortecinas
del hogar los ojos fijos.

No tienen lea ni sueo.

Larga es la noche y el fro
arrecia. Un candil humea
en el muro ennegrecido.

El aire agita la llama,
que pone un fulgor rojizo
sobre las dos pensativas
testas de los asesinos.

El mayor de Alvargonzlez,
lanzando un ronco suspiro,
rompe el silencio, exclamando:

Hermano, qu mal hicimos!

El viento la puerta bate
hace temblar el postigo,
y suena en la chimenea
con hueco y largo bramido.

Despus, el silencio vuelve,
y a intervalos el pabilo
del candil chisporrotea
en el aire aterecido.

El segundo dijo: Hermano,
demos lo viejo al olvido!


EL VIAJERO

I

Es una noche de invierno.
Azota el viento las ramas
de los lamos. La nieve
ha puesto la tierra blanca.

Bajo la nevada, un hombre
por el camino cabalga;
va cubierto hasta los ojos,
embozado en negra capa.

Entrado en la aldea, busca
de Alvargonzlez la casa,
y ante su puerta llegado,
sin echar pie a tierra, llama.


II

Los dos hermanos oyeron
una aldabada a la puerta,
y de una cabalgadura
los cascos sobre las piedras.

Ambos los ojos alzaron
llenos de espanto y sorpresa.

Quin es? Responda gritaron.

Miguel respondieron fuera.

Era la voz del viajero
que parti a lejanas tierras.


III

Abierto el portn, entrse
a caballo el caballero
y ech pie a tierra. Vena
todo de nieve cubierto.

En brazos de sus hermanos
llor algn rato en silencio.

Despus dio el caballo al uno,
al otro, capa y sombrero,
y en la estancia campesina
busc el arrimo del fuego.


IV

El menor de los hermanos,
que nio y aventurero
fue ms all de los mares
y hoy torna indiano opulento,
vesta con negro traje
de peludo terciopelo,
ajustado a la cintura
por ancho cinto de cuero.

Gruesa cadena formaba
un bucle de oro en su pecho.

Era un hombre alto y robusto,
con ojos grandes y negros
llenos de melancola;
la tez de color moreno,
y sobre la frente comba
enmaraados cabellos;
el hijo que saca porte
seor de padre labriego,
a quien fortuna le debe
amor, poder y dinero.
De los tres Alvargonzlez
era Miguel el ms bello;
porque al mayor afeaba
el muy poblado entrecejo
bajo la frente mezquina,
y al segundo, los inquietos
ojos que mirar no saben
de frente, torvos y fieros.


V

Los tres hermanos contemplan
el triste hogar en silencio;
y con la noche cerrada
arrecia el fro y el viento.

Hermanos, no tenis lea?
dice Miguel.
No tenemos
responde el mayor.
Un hombre,
milagrosamente, ha abierto
la gruesa puerta cerrada
con doble barra de hierro.

El hombre que ha entrado tiene
el rostro del padre muerto.

Un halo de luz dorada
orla sus blancos cabellos.
Lleva un haz de lea al hombro
y empua un hacha de hierro.


EL INDIANO

I

De aquellos campos malditos,
Miguel a sus dos hermanos
compr una parte, que mucho
caudal de Amrica trajo,
y aun en tierra mala, el oro
luce mejor que enterrado,
y ms en mano de pobres
que oculto en orza de barro.

Diose a trabajar la tierra
con fe y tesn el indiano,
y a laborar los mayores
sus pegujales tornaron.

Ya con macizas espigas,
preadas de rubios granos,
a los campos de Miguel
torn el fecundo verano;
y ya de aldea en aldea
se cuenta como un milagro,
que los asesinos tienen
la maldicin en sus campos.

Ya el pueblo canta una copla
que narra el crimen pasado:
"A la orilla de la fuente
lo asesinaron.
Qu mala muerte le dieron
los hijos malos!
En la laguna sin fondo
al padre muerto arrojaron.
No duerme bajo la tierra
el que la tierra ha labrado."


II

Miguel, con sus dos lebreles
y armado de su escopeta,
hacia el azul de los montes,
en una tarde serena,
caminaba entre los verdes
chopos de la carretera,
y oy una voz que cantaba:

"No tiene tumba en la tierra.
Entre los pinos del valle
del Revinuesa,
al padre muerto llevaron
hasta la Laguna Negra."


LA CASA

I

La casa de Alvargonzlez
era una casona vieja,
con cuatro estrechas ventanas,
separada de la aldea
cien pasos y entre dos olmos
que, gigantes centinelas,
sombra le dan en verano,
y en el otoo hojas secas.

Es casa de labradores,
gente aunque rica plebeya,
donde el hogar humeante
con sus escaos de piedra
se ve sin entrar, si tiene
abierta al campo la puerta.

Al arrimo del rescoldo
del hogar borbollonean
dos pucherillos de barro,
que a dos familias sustentan.

A diestra mano, la cuadra
y el corral; a la siniestra,
huerto y abejar, y, al fondo,
una gastada escalera,
que va a las habitaciones
partidas en dos viviendas.

Los Alvargonzlez moran
con sus mujeres en ellas.
A ambas parejas que hubieron,
sin que lograrse pudieran,
dos hijos, sobrado espacio
les da la casa paterna.

En una estancia que tiene
luz al huerto, hay una mesa
con gruesa tabla de roble,
dos sillones de vaqueta,
colgado en el muro, un negro
baco de enormes cuentas,
y unas espuelas mohosas
sobre un arcn de madera.

Era una estancia olvidada
donde hoy Miguel se aposenta.
Y era all donde los padres
vean en primavera
el huerto en flor, y en el cielo
de mayo, azul, la cigea
cuando las rosas se abren
y los zarzales blanquean
que enseaba a sus hijuelos
a usar de las alas lentas.

Y en las noches del verano,
cuando la calor desvela,
desde la ventana al dulce
ruiseor cantar oyeran.

Fue all donde Alvargonzlez,
del orgullo de su huerta
y del amor a los suyos,
sac sueos de grandeza.

Cuando en brazos de la madre
vio la figura risuea
del primer hijo, bruida
de rubio sol la cabeza,
del nio que levantaba
las codiciosas, pequeas
manos a las rojas guindas
y a las moradas ciruelas,
o aquella tarde de otoo,
dorada, plcida y buena,
l pens que ser podra
feliz el hombre en la tierra.

Hoy canta el pueblo una copla
que va de aldea en aldea:

"Oh casa de Alvargonzlez,
qu malos das te esperan;
casa de los asesinos,
que nadie llame a tu puerta!"


II

Es una tarde de otoo.
En la alameda dorada
no quedan ya ruiseores;
enmudeci la cigarra.

Las ltimas golondrinas,
que no emprendieron la marcha,
morirn, y las cigeas
de sus nidos de retamas,
en torres y campanarios,
huyeron.

Sobre la casa
de Alvargonzlez, los olmos
sus hojas que el viento arranca
van dejando. Todava
las tres redondas acacias,
en el atrio de la iglesia,
conservan verdes sus ramas,
y las castaas de Indias
a intervalos se desgajan
cubiertas de sus erizos;
tiene el rosal rosas grana
otra vez, y en las praderas
brilla la alegre otoada.

En laderas y en alcores,
en ribazos y en caadas,
el verde nuevo y la hierba,
an del esto quemada,
alternan; los serrijones
pelados, las lomas calvas,
se coronan de plomizas
nubes apelotonadas;
y bajo el pinar gigante,
entre las marchitas zarzas
y amarillentos helechos,
corren las crecidas aguas
a engrosar el padre ro
por canchales y barrancas.

Abunda en la tierra un gris
de plomo y azul de plata,
con manchas de roja herrumbre,
todo envuelto en luz violada.

Oh tierras de Alvargonzlez,
en el corazn de Espaa,
tierras pobres, tierras tristes,
tan tristes que tienen alma!

Pramo que cruza el lobo
aullando a la luna clara
de bosque a bosque, baldos
llenos de peas rodadas,
donde roda de buitres
brilla una osamenta blanca;
pobres campos solitarios
sin caminos ni posadas,

oh pobres campos malditos,
pobres campos de mi patria!


LA TIERRA

I

Una maana de otoo,
cuando la tierra se labra,
Juan y el indiano aparejan
las dos yuntas de la casa.
Martn se qued en el huerto
arrancando hierbas malas.


II

Una maana de otoo,
cuando los campos se aran,
sobre un otero, que tiene
el cielo de la maana
por fondo, la parda yunta
de Juan lentamente avanza.

Cardos, lampazos y abrojos,
avena loca y cizaa,
llenan la tierra maldita,
tenaz a pico y a escarda.

Del corvo arado de roble
la hundida reja trabaja
con vano esfuerzo; parece,
que al par que hiende la entraa
del campo y hace camino
se cierra otra vez la zanja.

"Cuando el asesino labre
ser su labor pesada;
antes que un surco en la tierra,
tendr una arruga en su cara."


III

Martn, que estaba en la huerta
cavando, sobre su azada
qued apoyado un momento;
fro sudor le baaba
el rostro.
Por el Oriente,
la luna llena, manchada
de un arrebol purpurino,
luca tras de la tapia
del huerto.
Martn tena
la sangre de horror helada.
La azada que hundi en la tierra
teida de sangre estaba.

IV

En la tierra en que ha nacido
supo afincar el indiano;
por mujer a una doncella
rica y hermosa ha tomado.

La hacienda de Alvargonzlez
ya es suya, que sus hermanos
todo le vendieron: casa,
huerto, colmenar y campo.


LOS ASESINOS

I

Juan y Martn, los mayores
de Alvargonzlez, un da
pesada marcha emprendieron
con el alba, Duero arriba.

La estrella de la maana
en el alto azul arda.
Se iba tiendo de rosa
la espesa y blanca neblina
de los valles y barrancos,
y algunas nubes plomizas
a Urbin, donde el Duero nace,
como un turbante ponan.

Se acercaban a la fuente.
El agua clara corra,
sonando cual si contara
una vieja historia, dicha
mil veces y que tuviera
mil veces que repetirla.

Agua que corre en el campo
dice en su monotona:
Yo s el crimen, no es un crimen,
cerca del agua, la vida?

Al pasar los dos hermanos
relataba el agua limpia:

"A la vera de la fuente
Alvargonzlez dorma."


II

Anoche, cuando volva
a casa Juan a su hermano
dijo, a la luz de la luna
era la huerta un milagro.

Lejos, entre los rosales,
divis un hombre inclinado
hacia la tierra; brillaba
una hoz de plata en su mano

Despus irguise y, volviendo
el rostro, dio algunos pasos
por el huerto, sin mirarme,
y a poco lo vi encorvado
otra vez sobre la tierra.

Tena el cabello blanco.
La luz llena brillaba,
y era la huerta un milagro.


III

Pasado haban el puerto
de Santa Ins, ya mediada
la tarde, una tarde triste
de noviembre, fra y parda.
Hacia la Laguna Negra
silenciosos caminaban.


IV

Cuando la tarde caa,
entre las vetustas hayas,
y los pinos centenarios,
un rojo sol se filtraba.

Era un paraje de bosque
y peas aborrascadas;
aqu bocas que bostezan
o monstruos de tierras garras;
all una informe joroba,
all una grotesca panza,
torvos hocicos de fieras
y dentaduras melladas,
rocas y rocas, y troncos
y troncos, ramas y ramas.
En el hondn del barranco
la noche, el miedo y el agua.


V

Un lobo surgi, sus ojos
lucan como dos ascuas.
Era la noche, una noche
hmeda, oscura y cerrada.

Los dos hermanos quisieron
volver. La selva ululaba.
Cien ojos fieros ardan
en la selva, a sus espaldas.


VI

Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las guilas de la sierra,
donde el jabal del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;
agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas;
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas.

Padre!, gritaron; al fondo
de la laguna serena
cayeron, y el eco padre!
repiti de pea en pea.



De: Campos de Castilla



ANTONIO MACHADO


Copyright Derechos reservados del titular.

Los poemas, poemas con voz, videos y libros en pdf presentados en este portal son propiedad de sus autores o herederos o titulares de los mismos.



regresar a la pgina anterior 































Los poemas, poemas con voz, videos y libros en pdf presentados en este portal son propiedad de sus autores o herederos o titulares de los mismos.

El Portal de la Palabra Virtual no persigue ningn fin de lucro ya que tiene como objetivo exclusivamente el carcter cultural y educativo de difundir la poesa hispanoamerica.



Copyright 2006-2008 Palabra Virtual Inc. Todos los derechos reservados.
Copyright 2006-2008 Virtual Word Inc. Worldwide Copyrights.

195 visitantes activos
en este momento


           visitas nicas