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Persfone (Fragmento)
de Homero Aridjis


    Editora del fonograma:
    Voz Viva de Mxico. UNAM

en la voz de Homero Aridjis    


Persfone (Fragmento)



Las piezas de ajedrez estn sobre el tablero, esperando no s qu prximo y exacto movimiento, fijas y creadas para impersonales ceremonias, suspendidas en la vigsima jugada ante el inminente derrumbe de las blancas, cuando el rey de albura ya no puede elegir y las negras deciden la maniobra que ha de realizar bellamente el cataclismo.
Las negras han penetrado para siempre la intimidad del monarca enemigo, por la eficaz intriga de un alfil, establecido en un cuadro solitario y apoyado por la mgica L de un caballo, que parece dormir envuelto de s mismo.
Las blancas ya no tienen defensa, salvo la de precipitarse en un herosmo errneo, en una brillantez mortal, que no conseguir otro esplendor, otra proeza, que la de sucumbir a la mitad de una combinacin inoportuna.
Un amanecer de madera asciende gradual de estos derribos, con el espectro plural, invisible y coloreado de prncipes y reyes; un pjaro incorpreo rompe el silencio en ese rbol, y una msica natural parece estar viviendo como materia pura.

Los instantes se suceden, una hora se desgrana aparentando perpepetuarse adentro de un da que sabemos efmero. Una nube se desliza. El ladrido de un perro se adelgaza, se va rpidamente por la calle.

Persfone levanta las manos, las lleva a su cabello, las devuelve muy lenta a su regazo, y toda palabra al comenzar ya est perdida, pero tiembla.
Persfone bosteza, mira la desnudez de sus muslos. Muchas sombras separadas forman en el cielo un bestiario gris en gris metamorfosis, con una sensacin de bruma, de estacin de lluvias, de eclosin de algo, de maravillamiento.
Su regazo palpita, padece y goza flujos y reflujos, como si un deseo intenso la transportara, la aflorara en otros eventos de la sangre.

Brillan las piezas de ajedrez en su inmovilidad de guerreros disecados, dispuestos inmutablemente a ser dirigidos a su milsima muerte aunque slo han vivido momentneamente en la bella coherencia del sistema de un hombre.
El rey de albura ya no tiene defensa ni cortesana, espera en un yermo cuadrado la salvacin ilusoria, como si el rigor del tablero tolerara el vano gesto de una pasada imprecisin y, el caballero despreciado en una provincia intil, pudiera en un solo movimiento volar sobre el abismo de las cuatro eles que, desde hace nueve espejismos lo separan de la postracin y la ceniza.

La dama del rey de albura, en el discreto aislamiento de los peones contrarios que desdeosos la rodean, no puede ni podr acudir a rescatar el prestigio del reino blanco, precario y humillado, hundido lentamente por la poca humanidad de su estrategia. Mientras los derrotados, siento que recuerdan, cmo cayeron abatidos los ltimos alfiles por la incongruencia de sus argumentos.

Persfone me mira, pero excitada no entiende el por qu la mujer perturba las altas elucubraciones, la mdula de una visin extraordinaria, si original y luminosa las enciende. Yo retengo en el aire el vuelo de su mano, rememoro otros vuelos, otras liviandades, otros frutos del cuerpo.
Al tiempo que los instantes se suceden, y una hora titubea pasando, ya casi fenecida, casi fuera de la maana que de nios sobamos estable.
Sobre el momento en que recuerdo el paisaje, la sombra y el sonido que provoc la luz en este cuerpo, que ahora se levanta de mi lado con la espalda desnuda y los largos cabellos hacindome buscar otro recuerdo, en un sitio funeral que ya no es el de nosotros, pero que la memoria guarda, y de pronto hace brillar en una imagen fija irreparable.

Cuando veo sobre la mesa viejos retratos de gentes que existieron, sin entender que lentos pasaran como meras ancdotas, hasta perder fisonoma carcter.
Dejando como acto meritorio un hijo mortal para su descendencia, encapsulado una noche para emerger molesto al aire.

Cuando el silencio arde al borde de la hora titubeante, al borde de calles melanclicas y puertas y ventanas que se abren sin descubrir la vida ni la muerte. Al borde de sombras y seres y arbotantes, que en el recuerdo tendrn el peso de no ser un milagro.



HOMERO ARIDJIS


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