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Noche rstica de Walpurgis
de Manuel Jos Othn


    Editora del fonograma:
    Voz Viva de Mxico. UNAM

en la voz de Claudio Obregn y Gastn Melo    


Noche rstica de Walpurgis



I

INVITACIN AL POETA

Coge la lira de oro y abandona
el tabardo, desclzate la espuela,
deja las armas que para esta vela
no has menester ni daga, ni tizona.

Si tu voz melanclica no entona
ya sus himnos de amor, conmigo vuela
a esta regin que asombra y que consuela;
pero antes cie la triunfal corona.

T, que de Pan comprendes el lenguaje,
ven de un drama admirable a ser testigo.
Ya el campo eleva su cancin salvaje;

Venus se prende el luminoso broche...
Sube al agrio pen, y oirs conmigo
lo que dicen las cosas en la noche.


II

INTEMPESTA NOX

Media noche. Se inundan las montaas
en la luz de la luna transparente
que vaga por los valles tristemente
y cobija, a lo lejos, las cabaas.

Lanzas de plata en el maizal las caas
semejan al temblar, nieve el torrente,
y se cuaja el vapor trgicamente
del barranco en las lbregas entraas...

Noche profunda, noche de la selva,
de quimeras poblada y de rumores,
sumrgenos en ti: que nos envuelva

el rey de tus fantsticos imperios
en la clmide azul de sus vapores
y en el sagrado horror de sus misterios.


III

EL ARPA

Hay, en medio del rstico boscaje
un tronco retorcido y corpulento;
enorme roca srvele de asiento
y frondas opulentas de ropaje.

Cuando, como a travs de fino encaje,
el rayo de la luna tremulento
pasa desde el azul del firmamento,
la verde filigrana del follaje,

desbartase en haz de vibradores
hilos de luz que tiemblan, cual taidos
por un plectro que el cfiro menea.

Arpa inmensa del campo, no hay cantores
que a tus himnos respondan, ni hay odos
que comprendan tu estrofa gigantea!


IV

EL BOSQUE

Bajo las frondas trmulas e inquietas
que forman mi baslica sagrada,
ha de escucharse la oracin alada,
no el canto celestial de los poetas.

Albergue fui de druidas. Los ascetas,
en mis troncos de crstula rugada,
infligieron su frente macerada
y colgaron sus harpas los profetas.

Y, en tremenda ocasin, el errabundo
viento espantado suspendi su vuelo,
al escuchar de mi interior profundo

brotar, con infinito desconsuelo,
la ms grande oracin que desde el mundo
se ha alzado hasta las cpulas del cielo.


V

EL RUISEOR

Od la campanita, cmo suena;
el toque del clarn, cmo arrebata;
las quejas en que el viento se desata,
y del agua el rodar sobre el arena.

Escuchad la amorosa cantilena
de Favonio rendido a Flora ingrata,
y la inmensa y divina serenata
que Pan modula en la silvestre avena.

Todo eso hay en mis cantos. Me enamora
la noche; de los hombres soy delicia
y paz, y entre los rboles cubierto,

slo yo alc mi voz consoladora,
como una blanda y celestial caricia,
cuando Jess agoniz en el huerto.


VI

EL RO

Triscad, oh linfas!, con la grcil onda;
gorgoritas, alzad vuestras canciones,
y vosotros; parleros borbollones,
dialogad con el viento y con la fronda.

Chorro garrulador, sobre la honda
cncava quiebra, rmpete en jirones
y estrella contra riscos y peones
tus diamantes y perlas de Golconda.

Soy vuestro padre el ro. Mis cabellos
son de la luna plidos destellos,
cristal mis ojos del cerleo manto.

Es de musgo mi barba transparente,
palos desledos son mi frente
y risas de las nyades mi canto.


VII

LAS ESTRELLAS

Quin dice que los hombres nos parecen,
desde la soledad del firmamento,
tomos agitados por el viento,
gusanos que se arrastran y perecen?

No! Sus crneos que se alzan y estremecen,
son el ms grande asombrador portento:
fraguas donde se forja el pensamiento
y que ms que nosotras resplandecen!

Bajo la estrecha cavidad caliza
las ideas en gnea llamarada
fulguran sin cesar, y es, ante ellas,

toda la creacin polvo y ceniza...
los astros son materia... casi nada...
y las humanas frentes son estrellas!


VIII

EL GRILLO

Dnde hallar, oh mortal, las alegras
que con mi canto acompa en t infancia?
Quin mide la enormsima distancia
que stos separa de tan castos das?

Luces, flores, perfumes, armonas,
sueos de poderosa exuberancia
que llenaron de albura y de fragancia
la vida ardiente con que t vivas,

ya nunca volvern; pero cantando,
cabe la triste moribunda hoguera,
de tu destruida tienda bajo el toldo,

hasta morir te seguir mostrando
la ilusin, en la llama postrimera,
el recuerdo, en el ltimo rescoldo.


IX

LOS FUEGOS FATUOS

Bajo los melanclicos sauces
que sombrean el ftido pantano
y en la desolacin del muerto llano
sembrado de cadveres y cruces,

se nos mira brillar, plidas luces,
terror del habitante rusticano;
misteriosos engendros de lo arcano
envueltos en fosfricos capuces.

Mas al beso de amor del aire puro
sobre la infecta corrupcin, ileso
fulgur nuestro ser cual a un conjuro.

Que no existe lo estril ni lo inerte
si Pan lo toca, y al brotar un beso
siempre estalla la luz, aun de la muerte.


X

LOS MUERTOS

Piedad! Misericordia!... Fueron vanos
tanto soberbio afn y lucha tanta.
Ay, por nosotros vuestra queja santa
levantad al Seor. Orad, hermanos!

Si oyerais el roer de los gusanos
en el hondo silencio, cmo espanta,
sintierais oprimida la garganta
por invisibles y asquerosas manos.

Mas no podis imaginar los otros
tormentos que hay bajo la losa fra:
la falta, la carencia de vosotros;

la soledad, la soledad impa!...
Ay, que llegue, oh Seor, para nosotros
de la resurreccin el claro da!


XI

LAS AVES NOCTURNAS

A infundir con el vuelo y los chirridos
ms horror en la noche, ms negrura
en los antros del monte y ms pavura
en las ruinas de stanos hendidos!

A seguir a los pjaros perdidos
de la arboleda entre la sombra oscura
y con la garra ensangrentada y dura
a darles muerte y a asolar sus nidos!

A lanzar tan horrsonos acentos,
desde la cruz del viejo campanario,
que el valor ms indmito se quiebre!

A remedar terrficos lamentos,
de dientes estridor, crujir de osario
y espasmdicos gritos de la fiebre!...


XII

INTERMEZZO

Vamos al aquelarre. En la sombra
cuenca de la montaa, las inertes
osamentas se animan a los fuertes
gritos que arroja la caterva impa.

Van llegando sin Dios y sin Mara,
prsagos de catstrofes y muertes...
Pienso que el cielo llora... No lo adviertes?
Venus es una lgrima muy fra.

Tras nahuales y brujas el coyote
ulula clamoroso, y aletea,
sobre el negro pen; el tecolote.

La lechuza silbando horrorizante
se junta a la fatdica ralea
y el Vaquero Marcial llega triunfante!


XIII

LAS BRUJAS

Todas las noches me convierto en cabra
para servir a mi seor el chivo,
pues, vieja ya, del hombre no recibo
ni una muestra de amor, ni una palabra.

Mientras mi esposo est labra que labra
el terrn, otras artes yo cultivo.
Ves? Traigo un nio ensangrentado y vivo
para la cena trgica y macabra.

Sin ojos, pues as se ve en lo oscuro,
como ven los murcilagos, yo vuelo
hasta escalar del camposanto el muro.

Trae un cadver fro como el hielo.
Yo a los hombres dar del vino impuro
que arranca la esperanza y el consuelo.


XIV

LOS NAHUALES

Sus, Vaquero Marcial! De nuestra boca
los conjuros oirs: aunque en la brega
quedaste vencedor, siempre a ti llega
de los hombres la voz que te provoca.

Por donde quiera el mal! Tu mano toca
las campias tambin. Ya en ronda ciega
el coro de las brujas se despliega
de ti en derredor, sobre 1a abrupta roca.

Hijas sois de 1a vbora y el sapo:
de vuestro hediondo seno sacad presto
las efigies ridculas de trapo...

Oh, representacin de los mortales!
mostrad aqu vuestro asombrado gesto
en la danza infernal de los nahuales.


XV

EL GALLO

Hombre, descansa. De tu hogar ahuyento
el nocturno terror y estoy en vela.
Sombras de muerte cuyo soplo hiela,
con mi agudo clarn os amedrento.

Huya la luz y te descuide el viento,
por preludiar su dulce pastorela.
Contra el mal, poderoso centinela,
a su paso espectral estoy atento.

No te inquiete el horrsono alarido
que escuches en tu sueo, por la vana
pesadilla malfica oprimido.

Ya pondr fin a su croar la rana,
y yo, con alegrsimo sonido,
entonar la jubilosa diana.


XVI

LA CAMPANA

Qu te dice mi voz a la primera
luz auroral? "La muerte est vencida,
ya en todo se oye palpitar la vida,
ya el surco abierto la simiente espera."

Y de la tarde en la hora postrimera:
"Descansa ya. La lumbre est encendida
en el hogar..." Y siempre te convida
mi acento a la oracin en donde quiera.

Convoco a la plegaria a los vivientes,
plao a los muertos con el triste y hondo
son de sollozo en que mi duelo explayo.

Y, al tremendo tronar de los torrentes
en pavorosa tempestad, respondo
con frrea voz que despedaza el rayo.


XVII

LA MONTAA

El encinar solloza. La hondonada
que raja el monte, es una boca ingente
por donde gira el bramador torrente
de furiosa melena desgreada.

La piedra tiene acentos. Vibra cada
roca, como una cuerda, intensamente,
que en sus moles qued perpetuamente
del Gnesis la voz petrificada.


Del hondo seno de granito escucha
las voces, oh poeta. Clama el oro:
"Vive y goza, mortal!" El hierro: "Lucha!"

Mas oye, al par, sobre la altura inmensa,
cantar en almo y perdurable coro
a las agudas cumbres: "Ora y piensa!"


XVIII

UN TIRO

Duda mortal del alma se apodera,
al or en la noche la lejana
detonacin, que turba y que profana
el silencio del bosque y la pradera.

Ser la bala rpida y certera
que pone fin a la existencia humana,
o el golpe salvador que, en lucha insana,
asesta el montas sobre la fiera?...

Ese ruido mortfero y tonante
hace temblar al alma sorprendida,
cuando est de lo incgnito delante.

Para arrancar o defender la vida,
lo producen lo mismo el caminante
y el guarda, el asesino y el suicida.


XIX

EL PERRO

No temas, mi seor: estoy alerta
mientras t de la tierra te desligas
y con el sueo tu dolor mitigas,
dejando el alma a la esperanza abierta.

Vendr la aurora y te dir: "Despierta,
huyeron ya las sombras enemigas."
Soy compaero fiel de tus fatigas
y celoso guardin junto a tu puerta.

Te avisar del rondador nocturno,
del amigo traidor, del lobo fiero
que siempre anhelan encontrarte inerme.

Y si llega con paso taciturno
la muerte, con mi aullido lastimero
tambin te avisar... Descansa y duerme!


XX

LA SEMENTERA

Escucha el ruido mstico y profundo
con que acompaa el alma primavera
esta labor enorme que se opera
en mi seno fructfero y fecundo.

Oye cul se hincha el grano rubicundo
que el sol ardiente calent en la era.
Vendr otoo que en mieses exubera
y en l me mostrar gala del mundo.

La madre tierra soy: vives conmigo,
a tu paso doblego mis abrojos,
te doy el alimento y el abrigo.


Y cuando estn en mi regazo opresos
de tu vencida carne los despojos
con cunto amor abrigar tus huesos!


XXI

LUMEN

Las sombras palidecen. Es la hora
en que, fresca y gentil, la madrugada
va a empaparse en el agua sonrosada
que ya muy pronto verter la aurora.

El cielo vagamente se colora
de virginal blancura inmaculada
y hace en el firmamento su morada
la luz, de las tinieblas vencedora.

Sobre las nveas cumbres del oriente
en palos y perlas se desle,
que desbarata en su cristal la fuente.

Del vaho matinal se extiende el velo
y todo juguetea, y todo re,
en la tierra lo mismo que en el cielo.



XXII

ADIS AL POETA

Santa Naturaleza, madre ma!
Me has cobijado en tu regazo inmenso
y disipaste con tu soplo intenso
la nube del dolor que me envolva.

Mas, ay, vuelve la vida ingrata y fra;
mi sueo celestial qued suspenso...
Ya alza la tierra su divino incienso
y en su carro triunfal asoma el da.

Poeta: es fuerza abandonar el monte.
Bajemos, pues ya al ras del horizonte
Venus agonizante parpadea,

t al teatro, a la clnica, al Senado;
yo a vegetar tranquilo y olvidado
en el rincn oscuro de mi aldea.


k


En tus aras quem mi ltimo incienso
y deshoj mis postrimeras rosas.
Do se alzaban los templos de mis diosas
ya slo queda el arenal inmenso.

Quise entrar en tu alma, y qu descenso,
qu andar por entre ruinas y entre fosas!
A fuerza de pensar en tales cosas
me duele el pensamiento cuando pienso!

Pas...! Qu resta ya de tanto y tanto
deliquio? En ti ni la moral dolencia,
ni el dejo impuro, ni el sabor del llanto.

Y en mi qu hondo y tremendo cataclismo!
Qu sombra y qu pavor en la conciencia,
y qu horrible disgusto de mi mismo!




MANUEL JOS OTHN


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