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Julio Llinás

de él, sí se habla (2)

Por Jorge Carrol

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Julio Llinás con el autor de esta Memoriabierta, en la casa bogotana de éste ultimo. Junio de 1985.


Hacia 1980 el destino quiso que trabaja junto con Julio Llinás en una prestigiosa agencia de publicidad multinacional, en que los dos ocupábamos, por decirlo de alguna manera, altos -la agencia estaba en el piso 22 del Edificio Cinzano, en la esquina de Florida y Paraguay, en nuestro Buenos Aires querido- puestos ejecutivos. De su vida en esta agencia y de otras más, Llinás sacó provecho en dos de sus estupendas catarsis publicadas gracias a Zeus: El fervoroso idiota (Grupo Editorial Norma, 1999) y Circus (misma editorial, 2000) y como el azar juega siempre a favor de la locura, ya viviendo y trabajando yo en Santafé de Bogotá, tuve el placer de volvernos a encontrar (ver foto) y recorrer juntos algunos lugares de la capital de Locombia, y en especial un almuerzo en la finca Potrerillos, de mi amigo Juan David Botero (poseedor de una de las mejores colecciones de la obra de su hermano Fernando); de ambas cosas, de esta visita y de nuestro encuentro, Julio volvió a sacarle provecho en su libro -escrito en colaboración con el cronista deportivo Fernando Niembro- Inocente, (Grijalbo Mondadori, 1995) y cuya historia se desarrolla cuando la celebración del Campeonato Mundial de Fútbol 1994. Aclaro que el personaje Mr. Coco Cardo, de esa novela, no es otro que este memorioso y que la agencia.

Rescato de Inocente: La fiesta era en la finca de campo de Francisco Gutero Torres presidente de Gutero & asociados. El Dom Pérignon y el ron de Caldas de los daiquiris corrían como gamos por las venas de aquellos circunstantes embriagados. La mansión era sencillamente espectacular. De buen diseño moderno, estaba atiborrada de cuadros y esculturas de Fernando Botero, en quien parecía haberse inspirado la naturaleza cuando creó los piececitos de Mister Cardo.

Ahora que he vuelto a releer, por suerte, casi toda la obra de Llinás, nuevamente volví a emocionarme hasta las lágrimas, con algunos de sus recuerdos, escritos con un admirable dominio del lenguaje, cosa que sin duda le genera muchas envidias entre nuestros colegas de la palabra.

Alguna vez escribí que Julio Llinás era uno de los más grandes narradores de la última parte del alucinante siglo veinte, hoy, vuelvo a reiterarlo.

Seguramente volveremos a encontrarnos con Julio, no importa si es en Buenos Aires, en New York o en París: comeremos choripán y beberemos buen vino, rodeados de las bellas mujeres que hemos amado y que nos han amado. El champán, será para festejar esta amistad de poco más de medio siglo.


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