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Gómez Carrillo, Soto Hall y Cia.

un guatemalteco en Buenos Aires (I)

Por Jorge Carrol

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Juan José Arévalo. Escritor, poeta y educador. Primer presidente democrático de Guatemala: 1945-1951.


                                                                                                ...estaré en todas partes
                                                                                                por donde la muerte anduvo
                                                                                                desalojando la esperanza.

                                                                                                          Melvin René Barahona


En esa suerte de caldera del diablo que es Buenos Aires siempre hubo -y hay - un tiempo para recordar a los que como nuestros padres y hermanos, llegaron a darnos un poco de lo mucho que nos faltará siempre.

En su nostalgioso libro La Argentina que yo viví -1927-1944-, B. Costa-Amic Editor, México 1974, el Dr. Juan José Arévalo recuerda a otros dos grandes paisanos suyos, guatemaltecos ciudadanos del mundo como él, que lo habían antecedido en su residencia argentina, Enrique Gómez Carrillo y Máximo Soto Hall.

De Gómez Carrillo se conoce mucho más que de Soto Hall, quizás por que desde siempre es más atrayente el mundillo del chisme, de los playboy y de sus amores (recordemos que entre los grandes y tumultuosos amores de G.C. se encuentran nada menos que Raquel Mayer y Consuelo Suncín, joven amante de Vasconcellos y doble viuda de Gómez Carrillo y de Saint-Exupéry) que la vida de un escritor, poeta y periodista.

Arévalo cuenta que se reencontró con su compatriota Soto Hall en el viejo edificio de cinco pisos (todavía en pie a pesar de las hordas que enarbolaron la espantosa bandera de Alpargatas sí; libros no) del diario de La Prensa, hoy Casa de la Cultura de Buenos Aires. En la ocasión, el poeta y periodista tenía ya 56 años de edad. La amplia frente le corría en calvicie hasta la coronilla, pero los abundantes mechones que sobrevivían junto a las orejas eran traídos arriba y al centro entrelazados coquetamente en forma de tirabuzón sobre la frente. Vano intento de cubrir la espejada calvicie. Labios puntiagudos, la nariz aguileña. Habla con cierta humedad en la boca y no había perdido la erre mojada de los guatemaltecos. Tampoco cierto talante aristocrático que más de una vez, en su juventud, trocóse en altivez.

Emigrado desde 1920, Máximo Soto Hall recorrió Centroamérica, siguió a Chile, Uruguay hasta finalmente recalar para siempre en Buenos Aires, donde murió en 1944, a los 73 años de edad. Fatigado quizás por tanta lucha estéril, el poeta prefirió el periodismo y aceptó la Sección Panamericana que le confiera en el ya más que centenario y súper conservador periódico matutino fundado por José C. Paz, mientras los poemas descansaban en los cajones de algún mueble de su porteño hogar del barrio del Once.

Cuenta el Dr. Arévalo de su panamericanismo rebelde y de su apoyo total a la lucha que desde las montañas de Nicaragua hacía contra El Coloso del Norte, César Augusto Sandino y al mismo tiempo, destaca el gran respeto que había ganado entre los periodistas y escritores argentinos. Y sin duda lo más importante para un emigrante, el ex Presidente de los Guatemaltecos, destaca que su paño de lágrimas era Soto Hall y a él recurría primero en la casa de pensión y después a los apartamentos que los Soto Hall ocuparían en la calle Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen) y años después, siempre en el mismo barrio, en la calle Ecuador. Hogares porteños, humildes, donde el siempre orgullosamente chapín, en sus dos amplias habitaciones, una de ellas comedor y sala, recibía a los más granado del periodismo, la cultura y la política argentina. Precisamente en casa de M. S. H. el primer presidente democrático guatemalteco conoció al inolvidable político argentino, el Dr. Alfredo L. Palacios, quien en 1904 ganó por elecciones populares muy reñidas, a los veinticuatro años de edad, un escaño de Diputado en el Congreso argentino. Fue el primer socialista que alcanzaba estas alturas en todo el continente americano... ponente de leyes revolucionarias que miraban por el bienestar de los trabajadores, por la liberación de las mujeres, por la salud de los niños...

Soto Hall recibía en su casa envuelto en su bata y junto a Amy, su mujer y compañera, recordaban con la veneración que sólo da el Exilio, a su patria, a sus indios y a su glorioso pasado.

          La luz vio en Guatemala, en un valle risueño
          que pudo el Paraíso tener asiento en él


escribió el poeta, antecesor de otros chapines que lo sucedieron, como el mencionado Arévalo, en esa suerte de laberinto de nostalgias y sabores imposibles que da la lejanía de La Patria. Pero ninguno de ellos, ni Miguel Ángel Asturias, ni Flavio Herrera, ni Enrique Juárez Toledo (estos fueron además, embajadores de Guatemala en Argentina) ni los músico Jorge Sarmientos y Joaquín Orellana, todos igualmente queridos y muy respetados en Argentina, ejercieron el periodismo como Máximo Soto Hall y Melvin René Barahona.

No tuve la suerte de conocer a Soto Hall pero sí la de conocer a Melvin, pequeño, delgado y enfermo poeta, activo miembro del Grupo Saker-Ti. El encuentro fue en un café y bar de la calle Carlos Calvo, donde nos reuníamos a fines de los 50, con Juan Gelman, Juan Carlos Portantiero, Marcelo Ravoni y Andrés Rivera, poetas e intelectuales metidos a periodistas en el diario La Hora, en esos años de seudo libertad democrática,. Me impresionó Melvin por que no se abalanzaba, como mis devoradores y sedientos compatriotas, sobre los chorizos cantipalos troceados ni sobre los vasos de Valdepeñas criollo con que los acompañábamos, junto con un pan que por lo crocante aún recuerdo.

Después con el tiempo intentamos una amistad que nunca se nos concedió, muy posiblemente por mi infernal reacción contra los poetas que sólo comprometían sus palabras. Solíamos caminar por las porteñas calles de Balvanera rumbo a la calle Corrientes que lo fascinaba como sus cafés, tan diferentes a los de su natal Izabal. Yo lo volvía loco con preguntas cuyas repuestas no comprendía entonces. ¿Cómo era posible que una Compañía Bananera tuviera tanto poder en Guatemala? ¿Porqué acusaron los de Saker-Ti a Cardoza y Aragón de surrealista? ¿Asturias era o no era reaccionario? De tanto en tanto, Melvin me preguntaba a su vez ¿cómo pretendía yo defender el futuro de América, metido en una agencia de publicidad? y no sin razón intentaba demostrarme el absurdo argentino de mirar hacia Europa de espaldas a América.

Lo recuerdo tomando cerveza en el viejo restaurante Adams frente a la Plaza San Martín y tiritando de frío. Estaba contento con un libro de Roberto Arlt que le había regalado cuando pasábamos por uno de los puestos de libros viejos de la Plaza Libertad. Me habló de Guatemala; añoraba los frijoles volteados y las tortillas de maíz. Y todo me parecía extraño y fantástico. Como cuando en nuestro apartamento del proletario barrio de Mataderos, lo invitamos con Marcelo y Coletta a comer un guiso de libre, cuyo sabor Melvin encontró parecido al tepezcuintle.

Después la vida estúpidamente nos separó aún viviendo -¿viviendo?- los dos en Buenos Aires; cuando en 1965 me enteré de su trágica muerte, cobardemente pensando en la tranquilidad de mi familia, no me atreví a llegar a darle un adiós a ese poeta y excelente periodista con quien compartí mis non santas críticas cinematográficas y mil cafés en el desaparecido diario Noticias Gráficas. Arrastro desde mucho antes y más desde entonces, entre mis torpes defectos, esta culpa y el no haberle podido decir al poeta de Guitarras del exilio, que guardo aún entre mis papeles de viajero, una copia mecanografiada de un poema suyo que pegó en la puerta de mi habitación junto a otro poema de nuestro hermano Juan Gelman.

          Sé que extiendes los brazos como arengando al alba.

Melvin: déjame decirte así, públicamente, por estos ríos internáuticos que no navegaste, qué suerte la de esta tierra tuya tan hermosa, de haber parido poetas y periodistas como tú y como Máximo Soto Hall, que nos enseñaron a los orgullosos seudo europeos que nos creemos los argentinos, a mirar con admiración, fe y respeto, a esta América nuestra que de ser tan tuya es también un poco mucho, mía.


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Enrique Gómez Carrillo, el Príncipe de los Cronistas. Guatemalteco que amó Buenos Aires y murió en París, siendo Cónsul de Argentina.

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