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Vicente Huidobro

al fondo de este tributo se ve el amor

Por Jorge Carrol

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Dibujo de Huidobro, por Picasso.


Siempre que vuelvo a Chile, regreso a una esmirriada colina poblada de vientos donde sólo crece el Don Diego de la Noche y que en Cartagena, frente al mar, porque descansa junto a una casa nada ostentosa, uno de mis poetas preferidos y que parafraseando a Borges, amo hasta el plagio.

Comienzo mi charla con su ausencia, contiguo a la lápida de granito donde se lee:
Aquí yace el poeta Vicente Huidobro 1893-1948

Después, antes de sentarme sobre esa tierra yerma, miro inexorablemente, la estela que de pie anuncia un deseo del poeta:

          Abrid la tumba
          Al fondo de esta tumba se ve el mar


Y como un rito me repito, sin ningún orden, frases de sus poemas:

          Paz en el mar a las olas de buena voluntad
          Y si yo soy el traductor de las olas
          Paz también sobre mí.
          Este es aquel que durmió muchas veces
          Allí donde hay que estar alerta
          Donde las rocas prohiben la palabra
          Allí donde se confunde la muerte con el canto del mar vengo a saber que fui a buscar las llaves
          He aquí las llaves


En esta colina escuché no en pocas ocasiones, las voces de los amigos del poeta que año tras año, durante muchos veranos, eran citados a compartir su hospitalaria amistad, como me lo comentó en mi departamento guatemalteco de la avenida de la Reforma, borgoña con fresas de por medio, Enrique Gómez-Correa: Huidobro llegaba de Francia, por ahí por octubre, huyéndole al frío, e invitaba inmediatamente a Braulio Arenas, a Eduardo Anguita y a él, hasta más o menos, marzo o abril. Nadie por supuesto trabajaba en esos tiempos idílicos, donde las dos "A" (Arenas y Anguita) compartían una pieza:

Braulio amaba el aire fresco y Eduardo, todo lo contrario, por lo que, una vez dormido el primero, el segundo se levantaba y cerraba la ventana; así de hora en hora, se pasaban la noche, abriendo y cerrando la ventana de esa casa, donde la poesía era y es , dueña y señora del tiempo.

Abajo a la distancia, junto al mar, en Isla Negra, temeroso de las ocurrencias de los poetas de la colina cartagenera, Pablo Neruda intentaba vanamente ningunear a Huidobro.

Pequeñas grandes miserias de los hombres que no pueden empañar la poesía.

De todas maneras, lector, si vas a Chile, no dejes de subir a esa colina y rendir tu tributo a Vicente Huidobro.

En los años que viví en Chile subí a esa colina, no menos de 30 veces, quizá para repetir, como ahora y siempre, como una oración, su

Balada de lo que no vuelve

          Venía hacia mí por la sonrisa
          Por el camino de su gracia
          Y cambiaba las horas del día
          El cielo de la noche se convertía en el cielo del amanecer
          El mar era un árbol frondoso lleno de pájaros
          Las flores daban campanadas de alegría
          Y mi corazón se ponía a perfumar de alegría.

          Van andando los días a lo largo del año
          ¿En dónde estás?
          Me crece la mirada
          Se me alargan las manos
          En vano la soledad abre sus puertas
          Y el silencio se llena de tus pasos de antaño
          Me crece el corazón
          Se me alargan los ojos
          Y quisiera pedir otros ojos
          Para ponerlos allí donde terminan los míos
          ¿En dónde estás ahora?
          ¿Qué sitio del mundo se está haciendo tibio con tu presencia?
          Me crece el corazón como una esponja
          O como esos corales que van a formar islas
          Es inútil mirar los astros
          O interrogar las piedras encanecidas
          Es inútil mirar ese árbol que te dijo adiós el último
          Y te saludará el primero a tu regreso
          Eres sustancia de lejanía
          Y no hay remedio
          Andan los días en tu busca
          A qué seguir por todas partes la huella de sus pasos
          El tiempo canta dulcemente
          Mientras la herida cierra los párpados para dormirse
          Me crece el corazón
          Hasta romper sus horizontes
          Hasta saltar por encima de los árboles
          Y estrellarse en el cielo
          La noche sabe qué corazón tiene más amargura

          Sigo las flores y me pierdo en el tiempo
          De soledad en soledad
          Sigo las olas y me pierdo en la noche
          De soledad en soledad
          Tú has escondido la luz en alguna parte
          ¿En dónde? ¿En dónde?
          Andan los días en tu busca
          Los días llagados coronados de espinas
          Se caen se levantan
          Y van goteando sangre
          Te buscan los caminos de la tierra
          De soledad en soledad
          Me crece terriblemente el corazón
          Nada vuelve
          Todo es otra cosa
          Nada vuelve nada vuelve
          Se van las flores y las hierbas
          El perfume apenas llega como una campanada de otra provincia

          Vienen otras miradas y otras voces
          Viene otra agua en el río
          Vienen otras hojas de repente en el bosque
          Todo es otra cosa
          Nada vuelve
          Se fueron los caminos
          Se fueron los minutos y las horas
          Se alejó el río para siempre
          Como los cometas que tanto admiramos
          Desbordará mi corazón sobre la tierra
          Y el universo será mi corazón


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Jorge Carrol junto a la tumba del poeta: foto tomada en el verano de 1982.

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Dibujo de Huidobro, por Juan Gris.

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